El polen que se eleva en primavera esparce tus estornudos y fecunda los pistilos para que nazcan las aromáticas flores siempre rodeadas de aladas criaturas. Un zumbido reverbera en el aire cálido que envuelve el fruto por llegar. Tu mano se estira entre el follaje y arranca las cerezas que tu boca exprimirá. Usas tu lengua para empujar el carozo a lo lejos mientras te meces en el columpio. Saboreas el verano hasta que la copa se tiñe de colores y el suelo comienza a cubrise de hojas secas. Tu oído se solaza con el crujir bajo tus suelas de otoño. Las semillas esparcidas aguardan bajo tierra mientras la lluvia y el frío detienen el tiempo en un silencio arrollador. Llega el viento retorciendo el tronco y las ramas. Algunas se quiebran y las recoges para usarlas como astillas que avivarán el fuego en invierno. Lenguas anaranjadas, amarillas y azules las consumen con avidez y te hipnotizan, mientras sus fantasmas se elevan hacia el cielo, y convertidos en humo se pierden entre la niebla. Cuando al fin escampa y tenues rayos acarician la tierra mojada, la simiente despierta, estira sus brazos hechos de tallos y se eleva desde la raíz. Así, entre bostezos, la doncella se levanta con sus hebras firmes y turgentes. Sobre la superficie asoman filosas las hojas, delicadamente tejidas de verde. Tantas lunas han pasado ya y aún te conmueve ser testigo de este incesante ritmo vegetal. Quizás eso que sientes tan profundo en el pecho sea nostalgia de aquel pasado remoto en que fuiste parte de este mismo bosque y viajaste por todos los estados de la materia, recorriendo una y otra vez las mismas estaciones. Tal vez entonces no podías oler, degustar, oír, ver ni tocar, pero definitivamente sentías, toda la savia vital recorría tu cuerpo y alimentaba tu ser. No eras tú, no habías inventado para ti misma algo llamado identidad. Y aún así estabas siendo, todas las voces dentro de ti eran capaces de comunicarse alrededor.
Te tiendes en la hamaca y te dejas llevar rumbo al atardecer. Tu cabello teñido de gris despide un aroma agridulce. La noche se acerca y tus ojos cansados se posan en el cielo. Pronto un brillo estelar titila en tu pupila inmóvil. Un arrullo de grillos canta su plegaria mientras el suelo se apresta a recibirte. Abre sus puertas y te da la bienvenida. "Has regresado a tu guarida", anuncia el micelio, y todo el mundo microscópico alrededor te abraza.

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